¿Cuántos son una pareja?

¿Cuántos son una pareja? 17 de febrero de 2025

Alfredo Espinosa

Chihuahua, Chih.

Si el amor es un enigma, la pareja es uno de sus nidos preferidos. La pareja resulta ser una colección de asombros extraordinarios. Hagámonos una pregunta que lejos de ser capciosa resulta indispensable: ¿cuántos son los que forman una pareja? ¿Uno, dos, tres, más todavía?
Son uno, uno solo si los dos están dispuestos a fundirse en el ilusorio mundo de las absolutas afinidades y coincidencias; uno, si embriagados con el licor de lo imposible, flotan como un cosmos autosuficiente, sin percatarse de las asechanzas puntiagudas de la realidad; uno, si alguno de ellos se desvanece o se somete a los deseos del otro y colapsa de ese modo todo indicio de autonomía.
Uno, si uno de ellos se erige para el otro como dueño y única deidad. Uno: la vuelta al andrógino original.
Dos, si tomados de la mano, se permiten respirar por sí mismos y tolerar las diferencias y los defectos; dos, si separados los unen raíces profundas y arraigos afectivos; dos, si comparten los trabajos forzados para construir los ratos de la felicidad; dos, si las fieras competencias y las luchas de poder no los destruyen; dos, si en las caídas de uno, está el otro extendiendo la mano; dos, si pueden decir no a los ofrecimientos que el mundo obsequia y que, inexorablemente, se convierten en armas para apuñalar al otro.
Tres, si otro se entromete, ya sea un amante o varios, una suegra, la familia entera, un metiche, un recuerdo recurrente, una relación pasada pero no resuelta, una intriga, un sueño húmedo perturbador y recurrente. Tres, es el número del infierno, la cola del demonio metiéndose por la hendidura de la pareja. Tres, es un virus mortal para quienes aman compartiendo la idea de la pertenencia y la fidelidad. Aunque para otros, cínicos o sabios, la intervención del tercero es la aceptación de una naturaleza polígama irreprimible; la puesta en práctica de una libertad latente, la prueba irrefutable de nuestras flaquezas. El tres que puede ser paradisíaco para uno, suele ser infernal para los otros.
O más de tres cuando se acepta que el amor es, inevitablemente, una orgía de fantasmas. Más de tres si aceptamos que en el amor se entrometen los gnomos de la infancia y las jugarretas del destino; los duendes traviesos de la fantasía y las formas defectuosas de nuestra personalidad; las sombras del pasado, las guiños del presente y las asechanzas del futuro incierto; la fugacidad y la permanencia, la necesidad del arraigo y el deseo del vuelo; las exigencias sociales, el imperio de los instintos y las tentaciones del mundo.
Dos, parece ser el número que mejor corresponde a la pareja: puede ser la fórmula mágica para que se revele el paraíso o, al contrario, para que se abran de par en par las puertas del infierno.
En el mejor de los casos, la pareja suele arribar a un convenio de tolerancia, a un código de respetos en que el espacio personal es decisivo, y descree de las intervenciones mágicas convencida de que el amor es un cultivo cotidiano que luego de mucho trabajo, en fugaces momentos memorables, se cosecha en el cuerpo de la otra persona, un ramillete de escalofríos y un racimo anhelos consumados.
De ese modo, la felicidad puede tocarse.