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Sobre lo covidiano

Sobre lo covidiano 17 de octubre de 2020

Ethan Tejón Herrera

Chihuahua, Chih.

No me cabe la menor duda de que 2020 ha sido un año atípico y fuera de lo convencional, ya que a lo largo del presente año, hemos sido testigos de distintos eventos políticos, sociales y de interés general que han sacudido y puesto de cabeza a los pilares que sostenían a nuestra "antigua" normalidad en aquel mundo de antaño, en aquel mundo antes del brote de Covid-19 y de la llegada de la "nueva" normalidad.

Nunca imaginé al igual que miles de millones de habitantes a lo largo y a lo ancho de este bello y frágil planeta azul, que sería precisamente en este año 2020, el mismo en el que me convertiría en testigo presencial de la pandemia más mortífera en poco más de un siglo, mientras observamos poco a poco y día a día como el mundo de antaño, aquel que observábamos avanzar día con día abriéndose a pasos agigantados hacia la modernidad, ese mundo confuso y cambiante, globalizado y tecnológicamente avanzado, en el cuál dábamos por hecho que no se detendría, que no seríamos testigos de como iría derrumbándose y deteniéndose para frenar de golpe como consecuencia de un virus microscópico pero tan mortífero, que terminaría cegando más de un millón de vidas a nivel mundial.

Mientras tanto el luto y la incertidumbre ensombrece cada esquina, cada hogar, cada lugar y centro de trabajo, cada pequeño comercio, cada ciudad y pequeña comunidad; el coronavirus terminaría gobernando con su reinado de terror, tras aquella dolorosa coronación, como si se tratara de un pequeño Robespierre bacteriológico.

Mientras tanto veo los titulares de los periódicos y de los portales digitales, trato de no pensar en eso y de continuar con mi rutina y con mi vida normalmente, pero es imposible negar todo el dolor y el sufrimiento que se encuentra allá afuera.

Son tiempos difíciles y llenos de complicaciones, pero a la vez me pregunto a mi mismo, como fue que mis padres, mis abuelos o mis antepasados pudieron enfrentar severas crisis económicas y políticas, conflictos bélicos, violencia en las calles y otras piedras que se atravesaron en su camino.

Afortunadamente no nací en el período de entreguerras o del franquismo como mis antepasados, pero tengo vagos recuerdos de eventos contemporáneos como la crisis financiera de 2008, o de la crisis de inseguridad que comenzó durante el sexenio calderonista o la pandemia de influenza de 2009 que también sucedió en el sexenio del político panista.

Yo era muy chico como para recordar aquellos tiempos, sin embargo me encuentro aquí y ahora siendo testigo de los efectos y los estragos del Covid, que sin duda se ha convertido en el maestro más duro que hemos tenido.

A más de una persona, nos ha alentado a aprender lecciones dolorosas y difíciles de aprender, nos ha llevado al borde de la locura y de la desesperación, nos ha llevado a enfrentarnos a nuestros peores miedos y demonios personales y nos ha llevado a cuestionarnos el sentido y el lugar de nuestra existencia.

Nos ha llevado a plantar fijamente los pies en el suelo y a no retirarlos nuevamente.

Nos ha llevado a valorar todavía más a nuestras amistades y familiares, como también a valorar lo que ya teníamos y a dejar de ambicionar o de pensar en todo aquello que solíamos creer que nos hacía falta.

A todo esto, ¿quién pensaría que un virus que viajó y cruzó mares y continentes, llegado desde las lejanas tierras de Wuhan, en China cimbraría al mundo que solíamos comprender y dar por seguro?

Estoy convencido de que el Covid se convirtió en nuestro más duro aleccionador, ya que nos enseño nuevamente a no dar nada por sentado.

Lo covidiano se abrió paso y se convirtió en un tema de conversación frecuente, en una obsesión, en un temor focalizado, en el miedo al prójimo, en un miedo a la otredad, en un miedo a contagiar o a ser contagiado, en un miedo a convertirse en un número o en una estadística más, en un miedo a observar a cientos y cientos de vidas desmoronarse y desaparecer tan solo de la noche a la mañana, en un miedo a observar a los cementerios crecer exponencialmente junto con las lápidas sin nombre en recuerdo a los que ya no están más con nosotros, en un miedo a convivir con nuestros peores miedos o en convivir con nosotros mismos, en un miedo a la soledad y en un miedo a no regresar a la antigua normalidad, a nuestra vida de antes, al mundo antes de la pandemia, al mundo antes del Covid.

Un mundo viejo se desvanece para dar lugar a un mundo nuevo.

Lo que encontraremos en él es un misterio, ya que para construir el futuro es necesario poder sentar sus bases en el presente.

Aún superada está crisis coronavírica, el Covid seguirá en los registros, en los libros de texto, en los escritos y en los artículos que le dejaremos al futuro, como un duro recordatorio de lo que nos encontramos viviendo en este preciso instante.

Estoy seguro de que algún día miraremos atrás y el dolor quizás permanezca pero al menos dolerá tan solo un poco menos.