Chihuahua, Chih.
En una de las veces que caminé con Sebastián, por todos los ángulos posibles, para que él atestiguara los distintos avances del levantamiento, de la construcción de la Puerta de Chihuahua, la escultura chihuahuense más grande e icónica, entendí cómo el basamento es parte de la obra artística.
El basamento de la Puerta de Chihuahua, posee 4.20 metros de altura, y está dividido por dos grandes bloques, separados entre sí por un espacio de doce metros, por el que se planeaba hacer pasar la carretera que comunicaría Chihuahua con Santa Eulalia. El primer bloque de la gran masa de concreto es una pieza de forma cuadrada y la otra, más pequeña, de forma rectangular.
Si logramos simplificar la compleja geometría de la Puerta de Chihuahua podríamos afirmar, por la manera en que se apoya, de que semeja un tripié. Dos de estos pies, el de la columna y el de una de las cascadas, son sostenidos por la plataforma mayor, mientras que el otro pie, correspondiente la segunda cascada, descansa en la parte más pequeña del mismo.
La plataforma, cortada a tajo, es un macizo de concreto que ha quedado así, en forma natural o aparente. Está conformada con taludes y escaleras realizadas de acuerdo a un estricto código de simetría.
Por ejemplo, los taludes miden 2.10 metros, es decir, la mitad de la altura del basamento.
Y así toda la escultura mantiene una proporción perfecta entre las distintas partes que la conforman.
Sebastián nos lo explica: “El basamento es la raíz que remite a lo prehispánico, a nuestro pasado arquitectónico, a la memoria de lo que fuimos.”
Para subir a la superficie superior de la plataforma existen tres escaleras. En la parte amplia, y abarcando todo el lado norte, se cuentan 20 escalones de peralte corto y huella reducida, de tal modo que mantiene un aspecto muy vertical.
En el lado sur de ese mismo bloque del basamento hay una escalera estrecha que solamente permite la inclusión de dos personas a la vez, en la medida que sube se introduce en la masa de concreto.
Consta de 19 escalones y al igual que la anterior, el peralte y la huella son cortos. En el bloque más pequeño, en su parte norte, hay una escalera de 20 escalones. A diferencia de los anteriores, sus huellas son amplias y su peralte reducido. La sensación, al subir o bajar las tres escaleras es diferente.
En la primera el ritmo que exige es el tropel. En la escalera más estrecha, que en la medida en que se avanza se adentra en la masa de concreto y progresivamente van apareciendo nuevos detalles de la Puerta, se vive una sensación de intimidad propiciada por la escala humana que posee pese a lo gigantesco de la escultura posee.
Por último, la escalera que se encuentra en el otro bloque exige un ritmo más lento y los pasos más largos y solemnes.
El ascenso por esta última escalera a la superficie del basamento, remite a ciertos pasajes prehispánicos en los que los sacerdotes o reyes escalaban por las pirámides para realizar algún acto litúrgico.
“Del basamento bipartita, -escribe Sebastián- se desprenden en ambicioso ascenso vertical tres pilares monumentales que sostienen un enorme arco de medio punto, esencia de aquel barroco español que nos diera, constructivamente hablando, los principios de un estilo que en Chihuahua adquiere tonalidades regionales del barroco sobrio y yo dirá árido, sí, como el desierto, más no por ello menos expresivo.”
La columna, continúa explicando Sebastián: “posee tres pilares que permiten visualizarse como una puerta abovedada que remite a las de los viejos templos europeos cuyos pilares y arcos, mientras cumplen con funciones propios de ingeniería, invitan a adentrarse al peregrino mientras descubre en el interior un remanso de paz.
Este detalle, los tres pilares que abocinan la columna y el arco, permite además que siendo la parte más estática de la escultura, presente algún tipo de movimiento así como participar en los juegos de la luz natural y de la iluminación.
El arco, que se continúa con la columna y desemboca en las dos cascadas de cubos es, en sí mismo, una proeza artística y científica.
Además de mantener la proporción matemática y contribuir a la belleza artística de la escultura, hace descansar del peso y las tensiones a las que se sometía a la columna dividiéndolos al recargarse en las dos cascadas de cuerpos geométricos.
Esa unión del arco y las cascadas es una genialidad de ingeniería ya que se convierte en un punto clave de la estructura que resuelve y elimina los pesos y el empuje que generan los mismos volúmenes.
La columna, flecha que dispara las miradas al cielo, se curva de pronto en un arco grandioso que se resuelve, según las palabras de Sebastián, “en un caserío, en una suerte de cascada modular que nos remite, nuevamente, a las añosas construcciones indígenas: Paquimé y las Cuarenta Casas, y al mismo tiempo a las urbanizaciones coloniales de todo México. Evocaciones, todas, que se materializan en forma geométrica puras, impecables pero también cálidas y sensuales.”
En efecto, los treinta y seis módulos de la cascada le otorgan el aspecto más cinético a la escultura.
Cada uno de ellos muestra un corte caprichoso de un cubo, pegado con los demás de manera firme aunque da la impresión de que los cuerpos geométricos comparten apenas una de sus orillas para que el otro se apoye, propiciando una ilusión de heroicidad y levitación.
En realidad, los módulos presentan una amplia base de sustento a través de la cual se une al otro de iguales características y dimensiones.
La imagen en espejo es una metáfora artística que con frecuencia ha utilizado Sebastián.
Varias de sus obras que más persiguen las armonías formales parecen desdoblarse en sus propios reflejos, u otras se espejean en algunos de sus fragmentos, pero en especial la escultura “El espejo”, en la que la supuesta imagen presenta una absoluta fidelidad a la obra que parece asomarse a un espejo que en realidad no existe.
Y sin embargo, la imagen reflejada mantiene su infidelidad y su desobediencia habituales.
Si una persona se refleja en el espejo levanta la mano derecha, el espejo devuelve una imagen que alza la mano izquierda.
En la Puerta de Chihuahua, Sebastián experimenta con este tipo de imágenes. Los módulos de una cascada representa la imagen en espejo de la otra.
Lo entenderíamos claramente si colocáramos un gran espejo paralelamente a la columna y enfrente de una de las cascadas. La imagen obtenida revelaría que la estructura geométrica concreta una simetría exacta de los módulos.
Sin embargo, no obedece la posición que el espejo le indica.
Sebastián decide colocar a la otra cascada en una posición distinta a la de su reflejo para obtener mayor movimiento y magia. “De Sebastián puede decirse –escribe Teresa de Conde- que visualiza la geometría dinámicamente, interactuado entre varios sistemas de espacios y por lo tanto proponiendo una cantidad virtualmente innumerables de opciones formales.”
La ineludible descripción técnica no riñe con la expresión poética que motiva.
Los logros artísticos de Sebastián no han sido pocos; tampoco irrelevantes. Nos ha hecho asomarnos al interior del número, provocarnos sensualidad con la geometría y humanizar al acero, transformarlo en poesía de las formas.
Este fragmento corresponde a uno de los capítulos de mi libro: Sebastián, La Puerta de Chihuahua.