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¿Quién eres, amor?

¿Quién eres, amor? 22 de agosto de 2022

Alfredo Espinosa

Chihuahua, Chih.

Ilustración: Pintura de Alfredo Espinosa

¿Quién eres?, es quizá la pregunta esencial del amor, la más primitiva y a la vez, la más perdurable y enigmática. Lo fascinante de esta pregunta es que pese a la continua develación de una persona ante otros ojos atentos y escrutadores, siempre nos acompaña la desasogada impresión de que ese otro es elusivo, múltiple, mudante, y por tanto, imposible de asir. 

Y es que, en realidad, cualquier otra persona es única, ajena e impredecible.

¿Quién eres?, es la pregunta con que inicia todo diálogo amoroso. Es una pregunta que a medida que se intensifica, alberga la esperanza, consciente o no, de que ese encuentro se convierta en mágico y milagroso, que esa persona abandone la muchedumbre anónima, las legiones de desconocidos, y se convierta en indispensable para nuestras vidas.

El otro del amor es, en parte, un yo mismo. Nos completa; satisface la demanda, llena el vacío. El otro, la otra, es mi espejo, el ideal de mí mismo, mi complemento, mi contrario. Con esa persona recupero el andrógino original.

¿Quién eres?, ¿quién eres?, y la pregunta denota la sed de la otredad. Al otro, paulatinamente se le bebe, se le devora con todos los sentidos para comulgar con su carne y con su sangre, con su alma, para ser como él en su parte más divinizada, más íntima y más rapaz.

¿Quién eres? Y se echa a andar la maquinaria de la ilusión con que se inviste al otro de cualidades que –independientemente que las posea o no- respondan a las necesidades afectivas de quien hace la pregunta.

Marcel Proust lo aclara: “Ella casi se reducía a una silueta, todo los sobrepuesto a ella era de mi cosecha, porque así ocurre en el amor: que las aportaciones que proceden de nosotros mismo triunfan sobre las que provienen del amado”.

¿Quién eres? Y unos ojos nos miran atentos, divertidos y anhelantes, nos recorta de entre las sombras pasajeras que son los demás y nos colorea, y nos da vida. La mirada ésa hace real el mundo, un mundo que había sido de apariencias y simulacros, de difuminadas impresiones. Esa mirada nos da el ser. Esa mirada aspirará a conocer la otredad más que a nadie, más que a sí misma, más de lo que esa otra persona conoce de sí. “Tú eres mi realidad” le dice Lou Andreas Salomé a María Ranier Rilke.

Nadie ama a otro, sino que cada uno ama lo que ha creado con la materia del otro. Eros, imagina, crea y transfigura a la naturaleza. El otro siempre es un desconocido, un fantasma. El otro es otro, único, ajeno e impredecible.

¿Quién eres? Y de pronto se abre un gran campo magnético. Las personas, animales de costumbres, recorren los mismos caminos, asisten a los mismos lugares y sin embargo, en un momento ese campo se imanta. Y se encuentran ahí, donde siempre habían estado.

La Rochefocauld: “Es difícil definir el amor. Lo que sí puede decirse es que en el alma es una pasión; en el espíritu, una simpatía, y en el cuerpo un secreto, el delicado deseo de poseer lo que se ama”.

Ante tales evidencias, es común que el amor haya sido definido como una fiebre, una locura, una acrobacia insensata, o un veneno cuya dosis determina si el amor es una bendición o un desastre.

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