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¿PRI, de izquierda?

¿PRI, de izquierda? 15 de diciembre de 2021

Hernán Ochoa Tovar

Chihuahua, Chih.

Hace unos días, en su última asamblea nacional, el PRI, en voz de su coordinador parlamentario, Rubén Moreira, preconizó que ahora sería “un partido de centro izquierda” y que, de un plumazo, vestiría ropajes progresistas. 

¿Será esto posible, en el partido más antiguo del país (sólo después del extinto PCM) al cual se relaciona más con actitudes dinosáuricas que innovadoras, el cual abrazó al neoliberalismo como credo por espacio de casi cuatro décadas ininterrumpidas?

Para algunos no es posible. 

El PRI se corrió tanto a la derecha en los últimos tiempos, que, en la larga noche neoliberal (Víctor Toledo, dixit) pareció haber compartido un ideario con su viejo adversario ideológico: el PAN. Tanto así, que algunos funcionarios transexenales, laboraron sin distingos, en administraciones de ambos partidos. 

Empero, viendo la historia del PRI, creo que sí es posible ese tardío viraje; mencionando tardío porque dicha crítica se había expuesto con antelación, hace unos veinte años. No obstante, ahora que el neoliberalismo parece ir en declive, el tricolor intenta zafarse de esa impopular camisa de fuerza y abrazar su flexible pasado.

Retomando la idea anterior, cuando digo que la sacudida neoliberal tricolor y el abrazo del ideario progresista es posible, basta remontarnos a los orígenes del propio PRI. Recordemos que, en 1929, el PNR (antecesor más remoto del Revolucionario Institucional) surgió, precisamente, como un partido que pretendía llevar a cabo las causas de la gesta revolucionaria, pero desde un ámbito administrativo y ordenado. 

Para ello, congregó a los liderazgos militares de la Revolución en un solo partido, el cual, según dictaron los usos y costumbres del momento, iría respondiendo a las expectativas del caudillo en turno (a la sazón, el Gral. Plutarco Elías Calles). 

Si bien, el PRI no tenía un programa estrictamente socialista como otros partidos del mundo y de la época en cuestión, sí abrazaba un ideario progresista que buscaba cumplir desde la esfera gubernamental.

Al transformarse en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) durante el gobierno del Gral. Lázaro Cárdenas, adquirió un carácter mucho más progresista que su antecesor, buscando el bienestar del pueblo de México a partir de la complementariedad de los diversos sectores que componen la sociedad mexicana, mismos que tendrían representatividad en el partido: el campesino; el obrero; el popular y el militar. 

El Gral. Cárdenas consideraba que la revolución debía hacerse desde el estado, y el partido era el vehículo ideal para cristalizar dicha finalidad.

Finalmente, durante el gobierno de Miguel Alemán (1946-1952), se consolidó el actual PRI. Si bien, conservaba las tesis fundamentales esgrimidas durante el cardenismo, podemos decir que algunas de las mismas se fueron más al centro, pues, en aras de consolidar el poder civil, se hizo a un lado el sector militar, por lo menos desde el ámbito formal (aunque el mismo siguiera teniendo poderío hasta el cenit del nacionalismo revolucionario, es decir, hasta la década de 1980) y se fortaleció el concepto de un partido para lograr las metas que la sociedad demandaba.

Como podemos ver, las tesis progresistas del PRI se sostuvieron –con ambages- durante los primeros tiempos. Aunque es cierto que, las diversas administraciones del denominado “viejo PRI” tuvieron diversos signos, y se rigieron por la denominada política del péndulo (izquierda, centro, derecha), podemos decir que había una relevancia en el relato revolucionario y que la legitimidad del partido provenía de dicha fuente. 

Empero, en la vieja época tricolor hubo de todo: gobiernos marcadamente progresistas como el del Gral. Lázaro Cárdenas (1934-1940), el cual es visto por algunos analistas contemporáneos como de una izquierda moderada; otros, de centro derecha como podría ser el del Gral. Manuel Ávila Camacho (1940-1946) quien, en plena Segunda Guerra Mundial, apeló a la unidad nacional y reunió a los ex Presidentes y diversos liderazgos, en aras de buscar el bien del país. 

El gobierno de Miguel Alemán (1946-1952) se caracterizó por aproximarse al empresariado y al gran capital, pero el metarrelato revolucionario siguió teniendo mucha fuerza y eso le permitió que siguiera teniendo un cierto empuje popular (no obstante contraviniese algunas de las viejas tesis cardenistas).

Don Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) se acercó a mi juicio, al centro político, pues buscó el equilibrio luego de algunas sombras y veleidades generadas durante el alemanismo. Mientras, su sucesor, Adolfo López Mateos (1958-1964) tuvo un toque de centro izquierda y de política popular; pero tuvo una relación compleja con la disidencia sindical y campesina de la época, formando una mácula en su relevante trayectoria. 

Díaz Ordaz (1964-1970) representó el corrimiento hacia la derecha y el conservadurismo poblano, mostrando incomprensión con las demandas juveniles, al tiempo que mantenía la superestructura que le daba legitimidad al PRI. 

Al tiempo que Luis Echeverría y José López Portillo (1970-1982) pretendieron una ruptura “desde adentro”. Echeverría intentó una aproximación a las juventudes y a la izquierda preconizando nuevas ideas y proyectos faraónicos que no siempre cuajaron, y terminaron llevando al país al endeudamiento y a la devaluación monetaria. 

Finalmente, el resto de la historia ya lo conocemos: los últimos presidentes del PRI (desde Miguel de la Madrid hasta Zedillo) se corrieron a la derecha y ya no salieron de ahí. 

Abrazaron, con fruición, el ideario neoliberal y lo transformaron en agenda gubernamental y partidaria, aunque ello significara romper con sus propios orígenes. Dejaron de lado la política popular, y hasta el otrora poderoso sector obrero, fue paulatinamente hecho a un lado. 

Aunque un punto relevante del PRI neoliberal es que aceptó –con pinzas, de inicio- la apertura democrática y la oposición; se desentendió de algunos sectores que habían colaborado para su conformación. Si, para el viejo PRI, los sindicatos eran parte de su legitimidad; para el nuevo sólo eran una maquinaria para conseguir votos y seguir, así, contribuyendo a aceitar la alicaída estructura. 

Como cereza en el pastel, podemos decir que el gobierno de Enrique Peña Nieto no implicó una ruptura con el de Felipe Calderón, sino que visualizó un continuismo. Incluso, como lo esgrimí en alguna ocasión, puedo decir que fue tan neoliberal o más que el de su antecesor, pues avaló, sin calzador ni muro de contención, reformas impopulares que los propios Vicente Fox y Felipe Calderón no se habían atrevido a implementar en dichas dimensiones.

La culminación de este relato llegó en el 2018, con un José Antonio Meade ungido como candidato presidencial, no obstante su falta de identidad partidaria (los viejos tecnócratas por lo menos eran priistas de membrete). 

El resultado fue que el viejo “partidazo” terminó cayendo al tercer lugar electoral y ha escalado una espiral de grandes derrotas de las cuales no ha podido recomponerse. Empero, con el PRI sucede una cosa singular: no obstante su abandono al campo mexicano en las últimas décadas, es en estas regiones donde el denominado “voto verde” ha prevalecido. 

Si en las grandes ciudades, el voto al tricolor ha tendido a difuminarse –excepto en ciudades como Saltillo, Pachuca y San Luis Potosí- en muchos municipios rurales ha perdido fuerza. 

Así, el PRI parece encarnar una paradoja semejante a la que envuelve al Partido Republicano de los Estados Unidos: si los republicanos son mayormente gente de edad avanzada, blanca y protestante (pues el grueso de las minorías desconectan de su retórica derechista); el electorado del PRI, según diversos analistas, se concentra en los remanentes del campesinado, de edad avanzada, y el cual enfrenta retos de subsistencia (pobreza). 

Un segmento del electorado en el cual el PAN no ha podido llegar cabalmente, y en el cual MORENA aún no posee tanta influencia (por diversos factores que aquí he comentado).

Por ello, considero que el corrimiento del PRI hacia el centro-izquierda es un acierto. 

Sin embargo, queda una cuestión ¿les alcanzará para volver a tener legitimidad? Pues, con el gobierno de Peña Nieto, se les concedió una segunda oportunidad y la tiraron, con creces, al bote de la basura. Es dudoso. 

Pero, es plausible que, luego de la tempestad, quieran regresar a sus orígenes: el partido de la derecha por antonomasia es el PAN; al PRI siempre le quedó grande ese saco, considero. 

Veremos si les funciona esa ruta crítica.

Hernán Ochoa Tovar

Maestro en Historia, analista político.