Paco Ignacio Taibo y el falo “doblado” de la política

query_builder 29 de noviembre de 2018
Chihuahua, Chih.

En la ciudad de Parral, las “dobladas” son elaboradas con tortillas de harina un poco más gruesas que las usadas para los burritos. A estas tortillas se les pone algún guiso y se “doblan” como si fueran un taco. De aquí viene el nombre de “dobladas”. Luego se envuelven en papel encerado y se guardan en una hielera de la misma forma en que se hace con los burritos en el norte de México. En Parral, las “dobladas” son una tradición de la gastronomía popular que se puede buscar durante las mañanas en lugares estratégicos.

Pero, Paco Ignacio Taibo se refirió a otro asunto cuando afirmó: “… se las metimos doblada, camarada”. La mención de Taibo es fálica (habla del “falo” o “verga”) y tiene una poderosa connotación sexual, donde un “nosotros” morenista se asume como ganador en las elecciones de julio pasado y como ganador de un posible nombramiento en la dirección del Fondo de Cultura Económica (FCE). La frase exalta la victoria haciendo uso de un albur.

Aunque en el congreso no se apruebe la reforma que le permita a Taibo ser director del FCE, al haber nacido en España y no en México, el próximo lunes López Obrador estaría aprobando un decreto para nombrarlo en ese puesto y de esta forma darle sustento jurídico a la decisión.

La frase de Taibo se convertirá en una joya histórica del lenguaje subversivo o abusivo de la política. Desde luego que hay una similitud entre la mención del escritor y próximo funcionario, y la roqueseñal emitida por el entonces diputado Roque Villanueva en 1995, cuando la fracción parlamentaria del PRI aumentó el IVA del 10 al 15 %. Aunque los contextos de la roqueseñal y del albur de Taibo son muy distintos. La similitud más significativa entre ambos es la connotación sexual del “falo” que se concibe como “penetrador” del adversario en una derrota política.

La mención de Taibo puede ser interpretada desde distintos ángulos. Estas interpretaciones son ideológicas y por lo tanto conflictivas. El territorio de la ideología es permanentemente conflictivo, y lo es más cuando los discursos y las posturas rompen con los moldes establecidos.

A partir de la lógica del “lenguaje correcto” y la “diplomacia política”, la mención de Taibo es una desmesura inaceptable, que tendría que ser censurada. Para los militantes del manual de Carreño en la política mexicana, el posible director del FCE merecería la hoguera, que también se construye a través de palabras. El lenguaje en forma de reglas domina y somete al lenguaje, y a los sujetos. No hay que olvidar que el lenguaje es una forma de control. Hay palabras permitidas y palabras prohibidas que se convierten en camisas de fuerza para el lenguaje y la acción política.

Desde la lógica crítica del análisis del discurso, la mención de Taibo es una ruptura con la convencionalidad. El “lenguaje correcto” y el “proceder correcto” de la diplomacia política fueron rotos de manera rotunda en el perfomance discursivo del escritor y próximo funcionario. El lenguaje y los protocolos de la política son acartonados y aburridos. El albur es un lenguaje gozoso que pone patas arriba a la normalidad de las convenciones lingüísticas o políticas. El albur es también un acto de resistencia política. Haciendo uso del doble sentido y la connotación sexual del albur, los indígenas y mestizos de los siglos que le siguieron a la conquista, resistieron ante la imposición lingüística, cultural y política de los españoles.

A partir de la lógica feminista, Taibo emitió una frase falocéntrica y machista que estaría siendo parte del perfil de un macho progre, que desde luego milita en la izquierda. El “falo” es símbolo del poder del macho y cuando es mencionado como objeto del acto sexual en una penetración, es movilizado hacia la dominación o humillación del otro(a). Más aún, al referir al “falo” como un objeto que se “mete doblado”, tal como lo hizo Taibo II, se hace referencia a un poder falocéntrico exaltado, multiplicado por dos en su posibilidades de dominación o humillación.

A partir de la lógica de los militantes duros de la izquierda, la mención es un acto de congruencia de un escritor y activista que no tiene pelos en la lengua y que resultará incómodo en todo momento. Desde esta misma lógica, el performance discursivo de Taibo es un acto triunfalista que enmarca lo que tal vez sean los últimos rastros del festejo poselectoral morenista, antes que el ejercicio de gobierno complique las posibilidades de cumplir las promesas de campaña.

Una de las cualidades más notorias de Taibo es la franqueza, cuestión que resulta extraña en la política. Entre los políticos, las habilidades discursivas son usadas para jugar con la ambigüedad, la vaguedad o los vacíos que llevan al desfondamiento del discurso. Los políticos se han encargado de llevar a las palabras al desbarrancadero ético y político. Las palabras de los políticos están llenas de artimañas. Los políticos no dicen todo lo que se requiere decir y solo dicen lo que resulta útil ante la coyuntura del momento. Los discursos de los políticos se juegan de manera pragmática, haciendo uso de trampas retóricas y de silencios convenidos.

La franqueza de Taibo es una incómoda piedra en el zapato para los morenistas, es también una rotunda ruptura con la “convencionalidad del lenguaje” y la “diplomacia política” de las derechas, cuyo agujero existencial es el territorio de lo “políticamente correcto”. Taibo es un militante incómodo para la izquierda y para la derecha, que ha prometido hacer la tarea del FCE desde la calle y no desde un escritorio. La postura de Taibo es una manera de colocarse por afuera de la convencionalidad y las oficinas donde se refugian los políticos.

La militancia intelectual y política de Taibo rompe los moldes y los seguirá rompiendo. Si eso no se concibe como una forma de darle frescura a la acción intelectual y política, al menos se concebirá como una incomodidad permanente que dejará mucho por pensar y por decir.

Esta debe ser una de las cualidades elementales de la militancia de un intelectual de izquierda en la política del siglo XXI, transformar al mundo a través de la incomodidad de lo pensado y lo dicho. Cuando lo que se piensa y lo que se dice genera incomodidad, las piezas del rompecabezas del “statu quo” del mundo se fisuran, se desestabilizan o se mueven de lugar.