Los pantalones y las faldas son lo mismo: una máscara de la identidad

query_builder 5 de junio de 2019
Chihuahua, Chih.

La ropa posee una serie de significados ocultos que se hace necesario develar. Los significados de la cultura, la historia, la sociedad, la economía y la sexualidad están presentes directa o indirectamente en la ropa.

Muchas de las veces no somos conscientes de los significados que están presentes en las prendas de vestir que usamos a diario. Roland Barthes dejó en claro la existencia de una semiótica de la ropa (“El sistema de la moda”, 1978).

Aparentemente, la ropa nos protege de la condición desnuda en que nacimos, nos protege también de las inclemencias del tiempo. La ropa es un objeto que nos cobija ante la desnudez que aparece de manera contundente con el nacimiento y con la muerte. El nacimiento es una desnudez absoluta al igual que la muerte, y las prendas de vestir juegan un papel ante esta desnudez.

La ropa oculta la desnudez humana, y al ocultarla muchas veces se convierte en una especie de enmascaramiento. La ropa es la cáscara de una desnudez que pretende ocultarse u olvidarse. Más allá de la moral y de la sexualidad, el temor y el pudor que los seres humanos le tenemos a lo desnudo, muestra la fragilidad de nuestro cuerpo ante el mundo.

La ropa que nos ponemos y nos quitamos todos los días para salir de la casa, es la evidencia más notoria de nuestro gusto por las máscaras. Combinar una prenda con otra, equilibrar los colores y las formas de la ropa, usar utensilios en el cuello o las muñecas, es una manera de jugar al enmascaramiento de los cuerpos que deben ser vestidos de la forma más correcta y más bella posibles.

Hay una moral del buen vestir, así como hay una estética del bello vestir. Aunque en las últimas décadas el acto del buen vestir (lo moral) y del bello vestir (lo estético) es una de las coartadas más eficientes del capitalismo. La compra y venta de ropa que se promueve desde la industria textil y la industria cultural del capitalismo, es en el fondo un mecanismo que compra y vende identidades bajo la forma de máscaras.

El hombre y la mujer tienen la necesidad psicológica y ontológica de usar máscaras para cubrir la desnudez que los muestra de manera rotunda en la fragilidad de su ser. La industria capitalista de la moda y la cultura, ha encontrado la forma perfecta para que los hombres y mujeres jueguen a enmascararse de manera versátil, combinando prendas, formas y colores que procuran construirles una identidad, e incluso un destino.

La reciente polémica que se ha generado sobre los usos de faldas y pantalones en los uniformes escolares, derivado de un pronunciamiento del gobierno de la Ciudad de México y de la SEP, es un falso debate que está plagado de premisas y sentencias sexistas y fundamentalistas.

No hace mucho tiempo, se decía que la colocación de los zíper o los botones en las camisas y chamarras estarían relacionados directamente con los usos sexuados de la ropa. Las camisas y chamarras de los hombres, supuestamente tendrían el zíper o los botones del lado derecho, mientras que las mismas prendas de las mujeres los tendrían del lado izquierdo.

¿A quién le importa que un zíper o unos botones estén colocados del lado o derecho o del lado izquierdo, en la definición sexuada de los usos de la ropa? ¿Quién tiene la primera o la última razón, para decidir sobre los usos correctos (lo moral) o bellos (lo estético) de la ropa? Nadie tiene por completo la razón sobre los usos de la ropa. Las razones para sustentar lo correcto y lo bello del vestir terminan siendo arbitrarias. Los usos correctos o bellos de la ropa son epocales y transitorios, y están sujetos a juicios o prejuicios sexuales, religiosos o ideológicos que llegan a ser inauditos. Los usos correctos o bellos de la ropa son epocales y transitorios, y por lo tanto relativos.

Del siglo XIX al XX, la mujer pasó de usar corsé a usar minifalda, y el hombre pasó de usar traje de vestir y camisa almidonada a usar pantalones de mezclilla deslavados y rotos. En este momento de la historia, es absurdo discutir si los pantalones son de uso exclusivo de los hombres y las faldas son de uso exclusivo de las mujeres. El moralismo y el sexismo del vestir forman parte de una postura patética que se ha ido desmoronando poco a poco.

La historia de las prendas de vestir en los dos últimos siglos, nos deja en claro que los usos de la ropa terminan siendo arbitrarios. Son la industria textil y la industria cultural del capitalismo, las que dictan de forma colectiva y anónima a la vez, los rasgos del buen vestir (lo moral) y del bello vestir (lo estético).

En las pasarelas de moda del primer mundo aparecen hombres con faldas o vestidos, con calcetas de colores que borran las fronteras entre lo femenino y lo masculino. Desde hace décadas, las pasarelas de moda han diseminado las fronteras entre lo masculino y lo femenino. Resulta extraño que quienes ahora se incomodan y reclaman ante la postura del gobierno de la ciudad de México y de la SEP, que invitan a romper los clichés y los estereotipos entre lo masculino y lo femenino en los uniformes escolares, no se hayan inconformado desde hace tiempo ante las pasarelas de los países europeos y de América del Norte.

Más bien, todos, incluso los más conservadores, se dejan arrastrar por la industria textil y la industria cultural del capitalismo. La moda es una dictadura que juega con los deseos humanos del enmascaramiento ante los otros. Todos se abocan a seguir los designios de la moda por inercia, se sujetan a los caminos que marcan las tendencias de invierno o de verano. Todos buscan sus máscaras de colores y de formas variadas, con la cantidades y las cualidades suficientes para ser versátiles y oportunos, para atraer las miradas y los comentarios adecuados por estar (o no estar) vestido a la moda.

La industria de la moda es una dictadura que explota de forma descomunal el deseo humano que funciona de manera inconsciente. Eres lo que vistes, vistes lo que deseas y deseas lo que te imponen a través de la moda y sus designios. No un pantalón o una falda que pudieran (o no) definir la identidad sexual de las personas, sino un guardarropa competo con decenas y hasta cientos de prendas de vestir y de zapatos que muchas de las veces son innecesarios.

Los hombres y mujeres del siglo XXI que viven en los países del primer mundo, o cercanos al primer mundo, son acumuladores de ropa y de zapatos que se mueven al ritmo de la moda y del deseo por las máscaras. Los closets y guardarropas del siglo XXI son un signo inequívoco del fracaso por generar una identidad definida y estable. Las oleadas de la moda, los cambios de guardarropa cada verano o invierno, son uno de las cualidades más notorias de las identidades líquidas de la posmodernidad (Zygmunt Bauman, “La modernidad líquida”, 2012).

¿Cuántas prendas de vestir guardamos en nuestras casas, cuántos pares de zapatos? ¿Cuántas combinaciones pueden jugarse con esas prendas y esos zapatos? ¿Cuántos deseos identitarios se esconden detrás de esas posibilidades combinatorias? ¿Cuántas máscaras pueden colocarse sobre los cuerpos desnudos de hombres y mujeres?