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El discurso de Carney en Davos que hizo enojar a Trump

El discurso de Carney en Davos que hizo enojar a Trump 23 de enero de 2026

Mark Carney

Chihuahua, Chih.

Discurso de Mark Corney, Primer ministro de Canadá en el Foro Económico de Davos el 21 de enero de 2026

«Muchas gracias.

Gracias, Larry. Es a la vez un placer y un deber estar con ustedes esta noche en este momento decisivo que atraviesan Canadá y el mundo.

Hoy hablaré de una ruptura en el orden mundial, del fin de una ficción cómoda y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica -la geopolítica de las grandes potencias dominantes- ya no está sometida a límites ni a restricciones.

Por otro lado, quiero decirles que los demás países, especialmente las potencias intermedias como Canadá, no son impotentes.

Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados.

El poder de quienes tienen menos poder comienza con la honestidad.

Parece que cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias, que el orden internacional basado en reglas se está desvaneciendo, que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

Y este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales que vuelve a imponerse.

Y frente a esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para sobrevivir, a acomodarse, a evitar problemas, a esperar que la obediencia compre seguridad.

Pues bien, no lo hará.

Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?

En 1978, el disidente checo Václav Havel, más tarde presidente, escribió un ensayo titulado “El poder de los sin poder”, y en él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?

Y su respuesta comenzaba con un verdulero.

Cada mañana, este comerciante colocaba un cartel en su escaparate:

 "¡Trabajadores del mundo, uníos!".

No creía en ello, nadie lo hacía, pero aun así colocaba el cartel para evitar problemas, para señalar conformidad, para seguir adelante. Y como cada comerciante en cada calle hacía lo mismo, el sistema persistía, no solo mediante la violencia, sino gracias a la participación de personas comunes en rituales que sabían en privado que eran falsos.

Havel llamó a esto "vivir dentro de una mentira”.

El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera verdad, y su fragilidad proviene del mismo lugar. Cuando incluso una sola persona deja de actuar, cuando el verdulero quita su cartel, la ilusión empieza a resquebrajarse.

Amigos, ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus carteles.

Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en reglas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Y gracias a ello, pudimos seguir políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.

Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa: que los más fuertes se eximían cuando les convenía, que las reglas comerciales se aplicaban de forma asimétrica.

Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o de la víctima.

Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proporcionar bienes públicos, rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y marcos para la resolución de disputas.

Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad.

Este pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición.

En las últimas dos décadas, una serie de crisis -financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas- han dejado al descubierto los riesgos de una integración global extrema.

Pero más recientemente, las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma, los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que pueden explotarse.

No se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación.

Las instituciones multilaterales de las que han dependido las potencias intermedias -la OMC, la ONU, las COP-, la arquitectura misma de la resolución colectiva de problemas, están bajo amenaza.

Y como resultado, muchos países están llegando a la misma conclusión: deben desarrollar una mayor autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.

Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte tú mismo.

Pero seamos claros sobre hacia dónde conduce esto.

Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible. Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de reglas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, los beneficios del transaccionalismo serán cada vez más difíciles de replicar.

Las hegemonías no pueden monetizar indefinidamente sus relaciones.

Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre.

Comprarán seguros, ampliarán opciones para reconstruir su soberanía: una soberanía que antes se basaba en reglas, pero que cada vez más se anclará en la capacidad de resistir presiones.

Esta sala sabe que esto es gestión clásica de riesgos. La gestión de riesgos tiene un costo, pero ese costo de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse.

Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada país construya su propia fortaleza.

Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades generan beneficios de suma positiva. Y la pregunta para potencias intermedias como Canadá no es si debemos adaptarnos a la nueva realidad -debemos hacerlo-, sino si nos adaptamos simplemente levantando muros más altos o si podemos hacer algo más ambicioso.

Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de alerta, lo que nos llevó a cambiar fundamentalmente nuestra postura estratégica.

Los canadienses saben que nuestras antiguas suposiciones cómodas -que nuestra geografía y nuestras alianzas garantizaban automáticamente prosperidad y seguridad- ya no son válidas.

Y nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb, presidente de Finlandia, ha denominado "realismo basado en valores".

O, dicho de otro modo, aspiramos a ser tanto firmes en principios como pragmáticos: firmes en nuestro compromiso con los valores fundamentales, la soberanía, la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea conforme a la Carta de la ONU, y el respeto a los derechos humanos; y pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen y que no todos los socios compartirán todos nuestros valores.

Así que nos estamos comprometiendo de manera amplia y estratégica, con los ojos abiertos.

Enfrentamos activamente el mundo tal como es, no esperamos pasivamente un mundo que desearíamos que fuera.

Estamos calibrando nuestras relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores y estamos priorizando una participación amplia para maximizar nuestra influencia, dadas la fluidez del mundo actual, los riesgos que esto implica y lo que está en juego en lo que viene.

Y ya no dependemos únicamente de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fortaleza.

Estamos construyendo esa fortaleza en casa.

Desde que mi gobierno asumió el poder, hemos reducido impuestos sobre los ingresos, las ganancias de capital y la inversión empresarial.

Hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial. Estamos acelerando inversiones por un billón de dólares en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más.

Duplicaremos el gasto en defensa antes de que termine esta década, y lo haremos de manera que fortalezca nuestras industrias nacionales.

Y estamos diversificándonos rápidamente en el exterior.

Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluida nuestra adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de adquisiciones de defensa.

Hemos firmado otros 12 acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando acuerdos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.

Estamos haciendo algo más.

Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una "geometría variable": es decir, diferentes coaliciones para diferentes temas, basadas en valores e intereses comunes. Así, en Ucrania, somos un miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad.

En materia de soberanía ártica, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y respaldamos plenamente su derecho exclusivo a decidir el futuro de Groenlandia.

Nuestro compromiso con el Artículo 5 de la OTAN es inquebrantable, por lo que trabajamos con nuestros aliados -incluido el eje nórdico-báltico- para asegurar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, mediante inversiones sin precedentes de Canadá en radares de largo alcance, submarinos, aeronaves y presencia militar sobre el terreno, sobre el hielo.

Canadá se opone firmemente a los aranceles relacionados con Groenlandia y hace un llamado a conversaciones focalizadas para lograr nuestros objetivos compartidos de seguridad y prosperidad en el Ártico.

En comercio plurilateral, lideramos esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, lo que crearía un nuevo bloque comercial de 1,500 millones de personas.

En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y reducir la concentración de suministros.

Y en inteligencia artificial, cooperamos con democracias afines para asegurarnos de no vernos obligados, al final, a elegir entre hegemonías y gigantes tecnológicos.

Esto no es multilateralismo ingenuo, ni depender pasivamente de instituciones. Es construir coaliciones que funcionen: tema por tema, con socios que compartan suficiente terreno común para actuar juntos.

En algunos casos, esto incluirá a la gran mayoría de las naciones.

Lo que está haciendo es crear una densa red de conexiones -comerciales, de inversión, culturales- de la que podremos valernos ante desafíos y oportunidades futuras.

Se suele decir que las potencias intermedias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú.

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Pero también diría que las grandes potencias, por ahora, pueden permitirse actuar solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar y el apalancamiento para dictar condiciones. Las potencias intermedias no.

Cuando negociamos únicamente de forma bilateral con una hegemonía, negociamos desde la debilidad.

Aceptamos lo que se nos ofrece.

Competimos entre nosotros para ser los más complacientes.

Eso no es soberanía.

Es representar la soberanía mientras se acepta la subordinación.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor, o unirse para crear una tercera vía con impacto.

No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte si decidimos ejercerlo juntos. Y eso me devuelve a Havel.

¿Qué significa para las potencias intermedias vivir en la verdad?

Primero, significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el orden internacional basado en reglas como si aún funcionara tal como se anuncia.

Llamarlo por lo que es: un sistema de rivalidad creciente entre grandes potencias, donde las más poderosas persiguen sus intereses utilizando la integración económica como coerción.

Significa actuar con coherencia, aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias intermedias critican la intimidación económica en una dirección, pero guardan silencio cuando proviene de otra, estamos manteniendo el cartel en la ventana.

Significa construir aquello en lo que decimos creer, en lugar de esperar a que el viejo orden sea restaurado. Significa crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describen. Y significa reducir el apalancamiento que permite la coerción, es decir, construir una economía doméstica fuerte. Esa debería ser la prioridad inmediata de todo gobierno.

Y la diversificación internacional no es solo prudencia económica: es la base material de una política exterior honesta, porque los países se ganan el derecho a posturas de principios al reducir su vulnerabilidad a represalias.

Así que Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética.

Poseemos vastas reservas de minerales críticos.

Tenemos la población más educada del mundo.

Nuestros fondos de pensiones están entre los más grandes y sofisticados inversores del planeta.

En otras palabras, tenemos capital, talento y también un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión.

Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.

Canadá es una sociedad pluralista que funciona.

Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y confiable en un mundo que dista mucho de serlo. Un socio que construye y valora las relaciones a largo plazo.

Y tenemos algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige algo más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es.

Estamos quitando el cartel de la ventana.

Sabemos que el viejo orden no va a regresar. No deberíamos lamentarlo.

La nostalgia no es una estrategia, pero creemos que a partir de la fractura podemos construir algo más grande, mejor, más fuerte y más justo. Esa es la tarea de las potencias intermedias, los países que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y más que ganar con una cooperación genuina.

Los poderosos tienen su poder.

Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fortaleza en casa y de actuar juntos.

Ese es el camino de Canadá.

Lo elegimos de manera abierta y confiada, y es un camino ampliamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros».