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De paso en los moteles de paso

De paso en los moteles de paso 30 de octubre de 2023

Alfredo Espinosa

Chihuahua, Chih.

Marcela y yo íbamos de paso aunque no fuéramos a ninguna parte. Inmóviles, pero de paso. 

Curiosa paradoja. Nos enraizábamos más uno en el otro mientras más volábamos. De paso sucedía lo mejor de nosotros, nuestros goces y nuestras ternuras, las fierezas y los arrumacos, de paso. 

Ahí el amor no edificaba casa ni tenía causas comunes, la cama era ambulante, volátil. De paso. 

Los amores transitorios, efímeros, comienzan casi al tiempo que se terminan, pero el nuestro proseguía triunfante. Su condición de aventura evitaba ponerle reglas al fuego permitiendo que los incendios se propagaran sin que trascendieran las paredes del cuarto; no había territorios conquistados ni banderas propias; en el mástil del amor ondeaba la libertad y el viento nos llevaba, como a una nave de orates, a la deriva.

Una aventura al interior del auto, de paso, de paso, unas cervezas en algún lugar remoto del desierto, a la intemperie y a la luz de la luna, un cuarto de motel, una alcoba que se abría a una jungla al cerrar la puerta y una oportunidad para que Marcela citara a Pellicer en cuanto atravesábamos el umbral, “que se cierre esa puerta/ que no me deja estar a solas con tus besos”, recitaba con excedidos ademanes de reina dictando sus decretos y luego con ásperas ternuras me tiraba en la cama y se echaba encima de mí y mientras desabotonaba mi camisa seguía ordenando que la puerta se cierre “tan ciega y claramente, que nos sentimos ya, en campo abierto / escogiendo caricias como joyas / ocultas en las noches con jardines...” y aparecía una selva de animales libres, indómitos.

La trasgresión entre cuatro paredes o al aire libre, todo lo que has soñado, lo que tu mente ha imaginado ardorosamente, puedes cristalizarlo en el mejor de los cuerpos, el cuerpo que amas; fantasea, imagina, pervierte, transgrede, ah Marcela, Marcela, “la dichosa puerta cerrada / es la liberación de destas dos cárceles/, porque estás a salvo, en la mórbida penumbra”; estás en un hotel de paso donde lo obsceno y lo cursi, están permitidos; nada tan abyecto que no pueda desmancharse con un buen baño de motel. 

La alcoba alquilada y transitoria no retendrá tu olor ni tu presencia, de paso, de paso...  “Oh vida, ten piedad de nuestra inmensa dicha”. 

 


Sí, hace falta un poco de poesía para no morirse de tanta realidad. 

Y encontrábamos la poesía en los lugares más inhóspitos. Una tarde lluviosa, por ejemplo, en medio del desierto, oloroso a güamis, bajo un huizache que apenas nos guarecía. Ahí nos abandonábamos uno en el otro, recostados en el cofre el auto, y mirando las nubes o los pájaros perdidos citábamos a filósofos y a poetas que hablaran del amor. 

Entre los espejismos de esas tierras baldías vimos correr a los galgos morados y florecer a las dunas con sólo pasear por ellas nuestras miradas. 

Con experiencias como éstas nacen los poemas, me dijo Marcela. Se quitó el zapato y en la arena, con los dedos del pie, garabateaba mi nombre y el de ella, luego llegaba una ráfaga de viento y los borraba, o una llovizna y los encubría. No habría huella de nuestra estancia en el desierto.

Hasta que fue inevitable y pusimos una oficina secreta, es decir, una leonera, un espacio para cultivar el arte de amar, según Marcela. Ella necesitaba un espacio para estudiar y hacer tareas y refugiarse de las desventuras de su casa; yo me proponía disminuir los riesgos de que algunos escrutadores morales me pillaran entrando a los moteles y se lo informaran a mi esposa. 

De inmediato, Marcela, con sobrantes que conseguía con sus amigas, equipó la oficina con un escritorio y una computadora, un sillón y un librero, una cafetera y un banquito cuyas patas de formas caprichosas eran parte de un tronco sobre el cual se había clavado un trozo de madera recortado circularmente y ahuecado por el centro. Era rústico pero cómodo y hermoso. Aire acondicionado y libros, un estéreo y un colchón con sábanas azules. 

Logró que prosperaran algunas plantas y enredaderas que desde pequeñas macetas de agua trepaban por la ventana dispuestas a tomar el sol. La oficina llegó a tener una calidez que no encontraba en mi casa ni en mi minúscula bodega de burócrata intelectual. 

Ahí, Marcela, me mostró una faceta del amor que desconocía. 

Con besos de su boca, cien besos y otros cien, susurraba como Catulo a su Lesbia, y otros mil, tantos como arenas en el mar y las estrellas de los cielos, con tantos y tantos besos me fue demostrando su amor, su entrega. 

Los besos son más expresivos que la mirada y más suaves que las manos cuando acarician. La lengua es un instrumento de ternura y de refinados placeres, se extiende como un pétalo, se esponja, se resbala como un pez, se retrae, se alarga como un pistilo, se abre como una corola, se enrolla, se estira y se desliza como una sierpe. Bajo su lengua encontraba agua mágica y lascivos licores. 

Ahí, en la oficina, le tarareaba a Marcela la canción del Flaco de Oro, “su párvula boca que me enseñó a pecar”. Con besos me fue entregando su corazón, con besos, pecho adentro, fue construyendo el mío.

Fragmento de la novela ¿Quieres? de Alfredo Espinosa. De venta en Kosmos Librería.