Chihuahua, Chih.
De la dimensión del crecimiento del crimen organizado da cuenta un episodio (entre los miles que le han ocurrido a miles de mexicanos), ocurrido hace muchos años atrás, en el presente siglo.
A Chihuahua llegó el nuevo jefe de la zona militar. Venía cargado de excelentes calificaciones. Luego de muchas conversaciones, le compartió al escribano su primera experiencia en la sierra Tarahumara:
-Salimos de aquí muy temprano y pasamos por Guachochi, nos habían avisado de varios sembradíos. Ya cuando íbamos en las brechas, los ‘malandros’ se metieron a la frecuencia (de radio) nuestra y empezaron a relatar exactamente todo nuestro recorrido «ya llegaron a la cerca de Tomás; dieron vuelta cerca del arroyo; van en la subida de Don Nacho…».
-Toda la tropa se había quedado callada, pues por el miedo de que en cualquier momento empezaran a dispararnos. Así avanzamos hasta que agarré el radio y les dije: Ya, está bien, cabrones, nos vamos a regresar, ahí muere. Y sí, nos regresamos.
-Nadie me dijo nada, ni me reclamaron algo.
-Todos estaban de acuerdo en que nos hubiéramos regresado.
-En el camino vimos un sembradío y agarramos a dos hombres que lo cuidaban. Pasamos a entregárselos al agente del ministerio público federal que estaba en Guachochi.
-No quiso recibirlos
-No, mi general, —me dijo— usté me los deja, pero yo aquí me quedo…
¿Y qué hizo, general?
-No, po’s me los traje y se los dejé a los de la PGR. Creo que luego los liberaron.
No duró mucho tiempo el general en Chihuahua. Le dieron un puesto muy importante.
¿Cuántos episodios de esos ocurren a diario?
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