Agujero negro

Agujero negro 12 de septiembre de 2026

Vanessa Romero Rocha

Chihuahua, Chih.

Dos adversarios se disputan un territorio. Cada metro que uno conquista es un metro que pierde el otro. Esa es la lógica de la suma cero: nadie avanza sin que alguien retroceda.

Durante décadas, buena parte del análisis electoral entendió así la competencia política. Siendo tan humana la tentación de tomar lo ajeno, se asumía que, si un partido perdía respaldo, algún adversario debía recogerlo.

En México esa cuenta falla: lo que Morena pierde no lo gana la oposición. Entre Dios y el Diablo se extiende un desolado limbo a donde van quienes han dejado de creer en ambos.

Las encuestas nacionales dibujan la singularidad. Morena conserva una cómoda ventaja con alrededor de 52 por ciento de la preferencia efectiva, mientras el PAN, PRI y Movimiento Ciudadano no consiguen capitalizar el desgaste oficial. Fuera de las siglas, una huérfana multitud sin identificación partidista.

El desencanto vaga solitario hacia la nada. Sabiendo de qué se aleja, no encuentra en torno a qué reordenarse. La culpa es opositora. Durante años creyó que deteriorar la imagen del adversario mediante simples justas verbales bastaría para transmutarse en alternativa.

El agujero negro del desencanto partidista no apareció ayer. Lleva décadas alimentándose de una espiral de desconfianza que comenzó a girar durante la gran traición con que estrenamos el siglo.

La serie histórica permite rastrear el derrumbe. En 1996, la confianza en los partidos apenas alcanzaba el 17 por ciento. Creció al año siguiente, con la llegada de un Congreso plural y alcanzó un pico de 34 por ciento en el año 2000, con la ilusión -ilusión como engaño, no como esperanza- del triunfo de Vicente Fox.

El entusiasmo duró un suspiro. En 2001 comenzó el descenso y, hacia la mitad del sexenio foxista, la confianza rondaba el 10 por ciento. Allí, en el sótano, permaneció años. Para 2018, antes de la llegada a la Presidencia de Andrés Manuel López Obrador, nueve de cada diez mexicanos desconfiaban de los partidos.

La oposición, por tanto, no empezó a repeler electores ayer. Lleva más de dos décadas rompiendo con ellos y lo siguen intentando.

Somos -sin el México- nació finado. Creado de una costilla de la vieja partidocracia, la organización se encuentra lejos del porcentaje constitucional requerido para conservar el registro. Todo indica que Somos se quedará sin nombre, sin color y sin partido.

Acción Nacional sobrevive con apenas los mínimos militantes para conservar el registro, mientras las encuestas exhiben negativos irremediables. El PAN -lo mismo que Dios- ha muerto.

Del PRI basta decir que lo dirige quien, pudiendo llamarse Alejandro, prefiere presentarse como Alito.

Morena puede regodearse ante el paisaje. Puede celebrar que sus negativos no se conviertan en positivos para nadie más; que el respaldo perdido vaya a dar a un agujero negro en vez de engrosar las filas de sus adversarios.

Esa orfandad le bastará para seguir ganando. Pero hay algo más en juego que la siguiente victoria.

En 2018 y en 2024, la izquierda logró obrar un milagro: movilizar la esperanza que el descrédito de los partidos parecía haber clausurado.

Sus victorias fueron partidistas, claro, pero sobre todo populares: devolvieron a millones la convicción de que votar servía para algo.

Morena tiene una obligación histórica mayor que la de conservar el poder: no dilapidar la confianza reconquistada. Detrás de cada punto perdido hay personas que, por segunda vez en este siglo, bordean la desilusión y se encaminan de nuevo al refugio del apartidismo.

La confianza no es perpetua.

Y no tiene derecho a quejarse de su brevedad quien no la honra mientras le es dada.